domingo 3 de julio de 2011

Polvo de la tierra

En el trasnoche impuesto por el trabajo, y quizá precisamente desorientado por el exceso de cualquiera de estos dos, me inquieta una imagen miserable. Veo un futuro lejano, cuando nosotros no estemos; veo nuestras miserias diarias transcritas una por una en una bitácora de espacio ilimitado. Se me figura un cementerio virtual universal, en el que cualquiera puede revivir detalles de la vida nuestra. Pero la miseria es que a nadie le importará hacerlo, porque no quedarán quienes nos conocieron en vida; y por eso seguiremos eternamente flotando en la nada, confundiendo nuestra materia de unos y ceros con los unos y ceros de ese cosmos nuevo. Si alguien, por curiosidad, quisiera revivirnos no tendría más que hacerse miembro de La Red Social.

viernes 11 de marzo de 2011

La hombría al volante

(Para ver las imágenes en resolución original, hacer click sobre ellas)

Muchos afirman equivocadamente que la hombría consiste en detalles como burlarse de los afeminados y golpear a las mujeres para mantenerlas a raya; sin embargo, la tradición, que es la fuente de la que emana en estado puro la verdad, enseña claramente que esto no es suficiente. Un hombre con sus patillas frondosas, sus pasatiempos muy tradicionales y sus cromosomas sexuales bien desigualitos puede reconocerse por la consistencia de su conducta en cualquier circunstancia de la vida.

Reflexionemos, por ejemplo, sobre cómo es evidente la masculinidad en un automovilista. En primer lugar, se observa claramente en el vehículo que conduce: tratándose de autos, y como en casi todos los ámbitos de la vida, nuestro prejuicio debe ser siempre decidido: la hombría es proporcional al tamaño.


Sin embargo, contrario a lo que los detractores de la masculinidad intentan hacer creer, la ideología masculina no es irracional y superflua, sino que también práctica. Es por eso que el conductor varonil también piensa en el potencial de velocidad que puede alcanzar el vehículo.


Es frecuente la interpretación errónea de la presteza al volante del caballero viril, ya que para muchos se trata simplemente una actitud propia de un imbécil obsesionado con la velocidad y apurado a cualquier hora sin motivo aparente. Sin embargo, esta explicación no solo es ridícula, sino que además es parcialmente incorrecta. Las burlas y los estereotipos han desvirtuado el trasfondo ideológico detrás de la práctica de las carreras espontáneas: el conductor viril no celebra carreras con su compañero de ruta por placer, sino porque es su deber cuando un vehículo lo adelanta. Alguna zona de su espíritu, no determinada aún por la psicología moderna –aunque ciertamente ubicada entre el píloro y el güergüero-, no le permite soportar esa afrenta ni desentenderse del reto que implica; muchos llaman a esa zona “valentía”.


Los insultos entre conductores constituyen un complejo código usado para homenajear las destrezas, temeridad y masculinidad del destinatario; el conductor varonil debe responderlos siempre con el mismo esmero, sin reparar en peligros.


Muy distinto es el caso de las señas de presión o instrucciones de otros automovilistas, las cuales no deben ser permitidas jamás. En estos casos, un conductor hombrecito detiene su vehículo en algún lugar prudente y tramita una solución pronta a la desavenencia. Siguiendo la tradición, los demás automovilistas lo recibirán de regreso entre vítores, en un reconocimiento masivo, enérgico e hiperbólico de su virilidad, frecuentemente acompañado de muestras espontáneas de celebración, como bocinazos, flatulencias o disparos al aire.


Empujado por el legítimo afán de ganarle los demás, el conductor varonil no se contenta simplemente con acelerar su vehículo, sino que conoce y utiliza todas las picadas que pueden acortar el viaje aunque sea en el más miserable grado. Esto, además, le otorga el beneficio de ningunear a los que transitan por las vías establecidas.


Finalmente, el conductor viril llega a su casa, con el corazón pletórico de alegría al pensar en el deber cumplido y en los tontos que todavía deben estar en el taco; por fin puede empoderarse de su trono para disfrutar del galardón que alentó su gran travesía: una fugaz sesión de zapping y alguna cerveza.

viernes 19 de noviembre de 2010

Haciendo colación

He vuelto sobre los dibujos. Acaso sea la ocupación que más me entretiene. He estado boceteando algunas escenas pretendidamente cómicas; todas me han salido sobre el tema de la vida ajetreada, sobre el dejar al trabajo invadir los distintos momentos y ámbitos de la complejidad de la vida. Aquí comparto la pasada a tinta de uno de esos bocetos:



MyFreeCopyright.com Registered & Protected

domingo 10 de octubre de 2010

Lo humorístico predecible

EL HUMOR, COMO FORMA DE ARTE Y CREACIÓN, ESTÁ SUJETO AL GUSTO: hay humor de gusto masivo y humor de público restringido; sin embargo, además de ser una forma de arte, el humor también tiene un muy importante componente natural humano; es en este sentido que podemos afirmar la existencia de un humor transversal a los distintos grupos de una sociedad. Podemos comparar esta afirmación con lo que sucede, por ejemplo, con los sabores: si bien el gusto por ciertas comidas es adquirido por la costumbre y la cultura en que se cría el individuo, también hay ciertos sabores básicos que podríamos postular como de gusto transversal. Para el primer caso, baste citar un ejemplo muy cercano: nunca he visto una buena reacción al sabor de la nalca cuando la he dado a conocer a alguien de más al norte; sin embargo, podemos presumir que una fruta dulce y jugosa, para cualquier cultura que tenga acceso a ella (no necesariamente para cualquier individuo), será siempre un sabor deseable. Puedo suponer –en simetría con la existencia de sabores simples, básicos- la existencia de un humor simple y transversal a todos los gustos.

He oído y leído con frecuencia comentarios negativos respecto a una serie humorística que lleva 40 años transmitiéndose en toda Latinoamérica, España, Estados Unidos, etc., con gran éxito de audiencia; hablo de El Chavo del Ocho. Los comentarios negativos provienen, generalmente, del público que valora un humor más sofisticado, y suelen caracterizar el programa como “repetitivo” y “simplón”. Sin embargo, me parece que es necesario reflexionar con más detalle sobre un fenómeno tan importante como esta serie, antes de condenarla a ser “un programa para niños” o, de plano, “de gusto exclusivo del vulgo”. No puede una serie permanecer 40 años transmitiéndose ininterrumpidamente en todo un continente, a pesar de su evidentísima repetitividad y sus chistes predecibles. Su permanencia, traducción a varios idiomas y el extraño influjo que sufre el televidente desprevenido de quedarse viendo episodios que ha presenciado una y otra vez hacen de la serie algo como un clásico. Todo clásico merece un análisis más detallado que el simple “dejémoslo para refocilación de los rústicos”. Un análisis detallado no significa una defensa del poder humorístico de algo: ninguna palabrería logrará que nos parezca gracioso lo que no nos causa risa. Pero hay un misterio en el humor de El Chavo que me parece interesante tratar de desentrañar: ¿por qué tal expectación en torno a su figura?, ¿por qué resulta atractivo para niños y adultos, para ricos y pobres, para académicos y analfabetos?

El espectador crítico considera la serie y distingue un conjunto de esquemas situacionales repetitivos y predecibles: después de ver un par de capítulos de El Chavo uno puede saber aproximada o exactamente cómo reaccionarán los personajes y qué torpezas cometerán. Este espectador crítico, si es poco precavido, puede verse tentado a considerar esto como un defecto, una falta de creatividad, remolonería del libretista; supone que el humor siempre debe sorprender. Yo creo que es gracias a esto –y no “a pesar de” esto- que la serie alcanza a tan amplio público y tiene un éxito categórico. Vuelvo a una de las lecturas clásicas en lo que a reflexiones sobre el humor se refiere: La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico; en este texto, el filósofo Henri Bergson plantea su explicación de la naturaleza del humor:

Es preciso que [todo] cambie a cada momento, porque dejar de transformarse es dejar de vivir. El gesto ha de animarse como [la vida]. Ha de aceptar la ley fundamental de la vida, la de no repetirse nunca. Pero he aquí que un cierto movimiento del brazo o la cabeza se repite periódicamente siempre igual. Si lo observo, si basta para distraerme, si lo aguardo en cierto momento y llega cuando lo espero, tendré que reírme contra mi voluntad. ¿Por qué? Porque estoy en presencia de un mecanismo que funciona automáticamente. No es ya la vida la que tengo delante, es el automatismo instalado en la vida y probando a imitarla. Es lo cómico.

La tesis de Bergson es bastante explicativa del fenómeno: por eso es graciosa, por ejemplo, la imitación de una persona o la caracterización de un personaje en que reconocemos gestos, expresiones o formas de pensamiento repetitivas de un grupo. Es humorístico descubrir estos aspectos repetitivos de una persona o un grupo y llevar su reiteración al absurdo: “imitar a alguno es extraer la parte de automatismo que ha dejado introducirse en su persona”.

“Imitar a alguno es extraer la parte de automatismo que ha dejado introducirse en su persona”

Así, la naturaleza y modo de acción del humor consisten en dejar al descubierto lo mecánico que hay en los seres orgánicos, lo maquinal, lo corporal, que sirve de sustento al ser espiritual. Ese mecanismo es explotado hasta el absurdo en El Chavo del Ocho: cuando Quico llora y llama a su madre, Don Ramón siempre aparece en el lugar equivocado para resultar el único sospechoso de haberlo golpeado; siempre trata de explicar, pero Doña Florinda nunca le cree y comienza el rito de los golpes y los insultos; en este rito, a Don Ramón lo etiquetan de “chusma”, en una escena tan repetitiva que nos lleva a abstraer fácilmente el primer significado de la palabra “chusma”, la que se vuelve semánticamente vacía y casi exclusivamente musical (recuerdo la primera vez que relacioné el gritito de Quico con la palabra “chusma” y su significado); el Chavo siempre recibe al señor Barriga con un golpe; el Chavo siempre queda hablando solo cuando el profesor los hace callar, y encima siempre habla oprobios al profesor o Doña Florinda. Probablemente la escena repetitiva más ridícula, por lo invariable y tal vez porque sus personajes nunca se percatan de que están repitiendo un mismo papel, es el encuentro de Doña Florinda con el Profesor Jirafales:
–¡Profesor Jirafales!
–¡Doña Florinda!
–¡Qué milagro que viene por acá!
–Vine a traerle este humilde obsequio.
–¡Están hermosas! Pero ¿no gusta pasar a tomar una tacita de café?
–¿No será mucha molestia?
–No es ninguna. Pase usted.
–Después de usted.



En cierto modo, El Chavo también imita. Su objeto de imitación, sin embargo, es más amplio que una persona en particular o incluso que un tipo social en particular; los personajes y las tramas de El Chavo imitan nuestras características personales y las relaciones que establecemos con nuestros semejantes. Quizá esta sea su diferencia capital con otras series del mismo autor, como El Chapulín Colorado, en las que los personajes centrales también repiten esquemas de comportamiento predecibles, pero lo hacen en contextos distintos y con personas distintas; los protagonistas de estos programas disponen de una serie limitada de esquemas de comportamiento que no varían; en este mecanismo nos reímos del ser humano aislado. En El Chavo, en cambio, los comportamientos cambian según los personajes que interactúen en escena; estos esquemas de comportamiento pueden ser incluso profundamente opuestos, tal como se observa cuando una furiosa Doña Florinda va a golpear a Don Ramón y de improviso llega el Prof. Jirafales. Así, nos reímos del ser humano social y de las propias relaciones sociales.

“Estos esquemas de comportamiento pueden ser incluso profundamente opuestos” (minuto 5:25)

Una serie tan larga basada en el humor repetitivo se arriesga a aburrir al público. Los 290 episodios, sin contar otra centena de cortos y entremeses, muestran que esto no sucedió con El Chavo; la serie logró mantener la atención del televidente después de muchas repeticiones del mismo esquema.

El riesgo del aburrimiento del público se sobrelleva en la serie matizando con otros mecanismos humorísticos. En primer lugar, las circunstancias repetitivas se adaptan a la trama del episodio; se consigue mucho mejor el humor cuando esta adaptación se da de forma natural. En un capítulo, el Chavo traslada arrastrando una caja de botellas para llevarlas a vender, y golpea en un pie al Señor Barriga cuando este viene llegando; tanto las botellas como el callo del pie del señor Barriga son relevantes en la trama de ese episodio, y por eso el tradicional golpe de bienvenida del señor Barriga calza naturalmente: acciones relativamente naturales y aparentemente aisladas confluyen para llegar a reproducir finalmente un esquema repetitivo.


“Acciones relativamente naturales y aparentemente aisladas confluyen para llegar a reproducir finalmente un esquema repetitivo”

En segundo lugar, las actitudes y reacciones no siempre se repiten de idéntica forma. En muchas ocasiones, el Profesor Jirafales ya no tiene en la mano las flores que lleva cada vez que visita la vecindad, sino que –por el devenir de la trama- lleva un martillo, un zapato, una manguera o al mismo Quico, colgando del cuello de su traje; entonces, al decir su línea “vine a traerle este humilde obsequio”, le entrega a Doña Florinda lo que lleve. En el caso de estos personajes, su interacción siempre comienza con el mismo diálogo, el cual debe adaptarse –algunas veces, con mucha dificultad- al lugar y la situación.

“Su interacción siempre comienza con el mismo diálogo, el cual debe adaptarse –algunas veces, con mucha dificultad- al lugar y la situación”

Otra forma de evitar el tedio del espectador es mostrar una trama que hace pensar al lector que no se repetirá esta vez lo que sucede siempre. A veces no establecemos conexiones entre los hechos y el esquema habitual; en ese caso, pensamos que las acciones son nuevas y que habrá un rumbo distinto, pero finalmente las piezas encajan para volver a repetir la misma situación de siempre. Es gracioso si parece ser natural, tiene el aspecto de ser lógico y nuevo, pero termina repitiendo un esquema ya conocido.

Además, el programa hace uso de otras rutinas no repetitivas, juegos de palabra y otros malos entendidos que siempre se han explotado con buenos resultados en la comedia. Es usual el humor por comprensión literal del lenguaje figurado: Doña Florinda advierte a los niños que jugar en la calle es peligroso, pues según estadísticas, cada veinte minutos atropellan a una persona; Quico sugiere una sencilla solución: esperan a que atropellen a alguien y luego salen a jugar 19 minutos. La torpeza del Chavo es material frecuente para variadas rutinas cómicas; véase por ejemplo esta lectura errónea de una carta:



Existe una famosa rutina de Les Luthiers que sigue un esquema muy similar a este:



Por último, y probablemente una de las razones más importantes para que la serie sea considerada un clásico, los personajes no son simples marionetas de su naturaleza repetitiva. Lo humano también se deja ver tras lo maquinal en cada uno de ellos. Si Don Ramón suele ser injusto por golpear al Chavo cuando se siente impotente frente a los golpes de Doña Florinda, si es algo flojo y bastante aprovechador, posee cualidades muy deseables: es en varios sentidos el benefactor del Chavo, trata de solucionar las cosas conversando, es capaz de perdonar muy fácilmente. Si Doña Florinda es arribista e iracunda, no es menos cierto que reconocemos en ella una madre absolutamente entregada a la crianza de su hijo y además, solidarizamos con su soledad. Si la Chilindrina es aprovechadora, por otro lado, nos admira su ingenio. Si Quico es engreído, a cambio también es profundamente inocente. Si el Chavo es impulsivo y torpe, solidarizamos con él por su desamparo y constantes fracasos, y reconocemos su honestidad. A veces, los personajes actúan de un modo que no podemos predecir; a veces también se comportan como humanos.

“Lo humano también se deja ver tras lo maquinal en cada uno de ellos”


MyFreeCopyright.com Registered & Protected

domingo 6 de septiembre de 2009

Del Cocholgüito Futbol Club a la artesanía en maceteros

Desde mis años en el Cocholgüito Futbol Club -el equipo de mi barrio- que no juego fútbol. A decir verdad, creo que en los años en que jugué en el Cocholgüito tampoco jugué mucho (tengo vagos recuerdos de que en los entrenamientos también me dejaban a la banca). Desde entonces muchas cosas han cambiado en mí: dejé el hippismo ilustrado, acepto el uso de confor para sonarse las narices, tengo feisbuc, uso calcetines oscuros cuando me pongo ropa formal, etc.; pero nunca he superado esas burlas hacia mi incomprendido estilo para jugar a la pelota (consistente, básicamente, en no ser capaz de quitarla ni mantenerla).

Debo ser sincero: parece que nunca disfruté jugar fútbol. Me expongo a dos conclusiones igual de arriesgadas con esta confesión:
1) nadie más lo disfruta tampoco, solo que yo no soy capaz de comprender que la vida no es más que el teatro del deleite y la tristeza. Y, por ende:
1.1) estoy haciendo escándalo puramente para decir una mera obviedad; o
1.2) estoy revelando un secreto importante para la conservación de la cultura humana;
2) soy colepato.

Creo recordar que en la época del Cocholgüito todavía no asimilaba el desprecio de mis pares, así es que usualmente debía recurrir a un viejo truco, propio de todos los nuestros, que paso a revelar acá para desprestigio de mi casta y advertencia de mis respetados peloteros: la maniobra consiste en correr tras la pelota a una distancia prudente (lo suficiente como para que no exista peligro de que llegue a tus pies), con una ensayada expresión de interés en ella y de vez en cuando alguna mirada de "estoy libre, tócala" al compañero que la lleva, siempre con la precaución de que en ese momento él esté mirando para otro lado; estas miradas se complementan con una buena cara de esfuerzo y una búsqueda pretendidamente ansiosa de un lugar desocupado para correr; más de alguno, en nuestras actuaciones más inspiradas, también llegamos a tratar de hacer creer que nos interesaba que nuestro equipo ganara el partido. Detrás de esta farsa, evidentemente, un corazón poco comprometido y con una manoseada camiseta a medio poner clamaba para sí: "no me la toquen, porfa".

Supongo que engañé durante algún tiempo con este recurso, pese a que es bastante evidente la diferencia entre la ensayada cara de interés y la expresión lasciva de deseo de tener el balón entre los pies que uno debiera lucir; pero eso lo suele advertir más bien el profesor de educación física que quería que sintiéramos pasión por el deporte (como Pinilla y tantos otros modelos de comportamiento) para poder ponernos la nota de la unidad de fútbol. Sin embargo, a una cierta edad ya se hizo insostenible e incomprable esa actuación; entonces fue tiempo de abandonar las ilusiones juveniles de respeto y cariño de los pares y declarar abiertamente: no, no juego fútbol.

Probablemente perderé amigos de infancia con estos comentarios (quizá me expulsen del grupo en Feisbuc del Cocholgüito Futbol Club) y me llamarán traidor en las calles de mi pueblo, pero la verdad es que tampoco nunca sentí en ninguna parte deseos de ganar. Podría culpar a los pobres premios de una ronda de bebida y curiosas manifestaciones de orgullo por parte de los padres de cualquiera de los integrantes del equipo (a esas alturas, mi padre ya no soportaba la humillación de acompañarme), pero la verdad es que no sería excusa, porque a todos les ofrecían lo mismo y aún así deseaban el triunfo. Creo que lo mío era más patológico: alguna sintomática falta de patriotismo o insana empatía con los perdedores; es más -y me atrevo a confesarmelo por primera vez-, parece que nunca se produjo un cambio en mi pacífica personalidad cuando entré al campo de fútbol (una cancha dispareja de tierra y piedras) ni cuando vestí la horrenda camiseta que con tanto esfuerzo el Cocholgüito mandó a hacer y que se trataba de lavar lo menos posible para que no se le saliera el estampado... ¡Oh, cómo seré blasfemo! ¡Yo lamentaba que no se lavara, durante todo el tiempo que la vestía no hacía sino lamentarme de eso!

Tampoco sentí nunca ni la sombra de los más nobles ideales que se esconden (se esconden bien, al parecer...) en la práctica deportiva: aquellos conocidos "mens sana in corpore sano", trabajo en equipo y actitud deportiva y de superación y bla bla bla... ¿seré muy mal pensado yo o los ídolos que produce el fútbol no parecen precisamente modelos de estos principios, perfectos -sin duda- para postular proyectos, pero ni necesarios ni útiles para lograr el nombre de deportista? ¿O será que -de nuevo- yo no más me creí estos cuentos? ¿O será que yo soy buen deportista, en el fondo? ¿O será que soportar el olor de la camiseta del Cocholgüito era realmente una prueba a nuestra fuerza de voluntad, y yo no la pasé?

No sé qué tan distinto sea el Cocholgüito de... digamos... la Selección chilena de fútbol (parece que entiendo menos de fútbol de lo que el lector creía posible): el premio, para los hinchas, por llegar el equipo a jugar el mundial no sería más que un vaso plástico de un enrarecido brevaje que los comentaristas deportivos suelen llamar "honor", y la conciencia de que se gastó mucha plata para eso y que probablemente buena parte de ella se destinó a una delegación de aprovechadores que no cumplen ninguna función en el equipo. Y, al parecer, también es en la Selección chilena -en última instancia- una puesta, mojada y fétida camiseta lo que nos une a ellos, lo que se conserva cuando entrenadores, goleadores y auspiciadores cambian. Al fin y al cabo, denuevo se trata la cosa de pelear por un trapo... tal como aquel otro tricromo.


MyFreeCopyright.com Registered & Protected

domingo 22 de marzo de 2009

La intención es la que vale


San Facebook lo profetizaba hace días; yo cerraba el ojo derecho cuando me conectaba, miraba medio para el lado, hacía como que tenía harto de nuevo que ver… pero un día tuve que hacerle caso: ese día se conmemoraba el natalicio de otra ilustre cocholgüina arribada a tierras penquistas en busca de un mejor futuro y de satisfacer sus ansias de saber (todavía andamos en la misma búsqueda; si alguien sabe dónde se consigue esto, llame al 7718031). Excusándome en la consabida falta de memoria de los hombres para recordar cumpleaños, los últimos aniversarios había salvado honrosamente el compromiso con una buena invitación posterior a algún que otro helado. Pero ya no hay más excusas desde la llegada de Facebook. Ese mismo día, un moderado rato antes de la hora en que la mentada coterránea había citado a su casa a algunos de los amigos más cercanos, salí raudo y con poco dinero a comprar el mejor regalo que alcanzara con luca.

En esa búsqueda puede que nunca se llegue a acceder al objeto primero de ella, pero aunque sea así, siempre es un camino de aprendizaje y descubrimiento. Se aprende, por ejemplo, lo poco que es una luca; se descubre la necesidad de mercado –que uno nunca quiso creer que existía- de esas tiendas que no hay en Conce y que dicen en un letrerito: “Bazar, paquetería, regalos”; se da uno cuenta de cómo no conoce nada del sentido estético de una coterránea amiga de tantos años; y – ¡oh, mis lectores dudarán de mi sano juicio!- hasta se llega a vislumbrar en algún momento la sensación propia femenina de que el tiempo pasa más rápido cuando se está vitrineando; y en ese instante filosofal, encandilado por la cercanía del umbral de la comprensión de lo incomprensible y de la hora en que había que llegar a la junta, compra uno cualquier cosa (con algún secreto temor de la otredad, propio del heterosexual fundamentalista).
Pero – ¡ah, no existe la felicidad absoluta en este mundo!- necesitamos estar a punto de llegar al paradero para mirar el recién adquirido obsequio (con la secreta esperanza de hallarlo menos feo) para percatarnos de lo imprevisible…

En Navidad todas las tiendas (hasta las picadas menos canónicas) envuelven todo lo que uno compre, aunque no sea regalo (el lector creerá que exagero, pero una de las peores rabias fue la que pasé cuando me costó un mundo abrir el papel de regalo sellado con cinta en que venía el confor que compré “por apuro” un 22 de diciembre); pero en marzo – ¡por qué hay cumpleaños en marzo!- nadie está dispuesto a estresarse por eso. No pude evitar recordar esa pila de papeles de regalo que quedaron de Navidad y que había botado la semana pasada, después de que anduvieron meses haciendo bulto por los rincones más inesperados de la casa. Lo recuerdo bien: “para qué me van servir estos papeles”, dije, y emulé un comentario tan tradicional de mi padre: “nunca se van a ocupar; es pura basura” (y él guarda los tarros de pintura vacíos, según posteriormente rememoré).
Había que decidir: ir a la librería más próxima que acudía a mi memoria (después notaría que era “la más próxima” sólo en cuanto a su disponibilidad en mi memoria) y que distaba buenas cuadras bajo el sol caldeado de marzo, o entregar el regalo en una digna pero poco vistosa bolsita de plástico (en ese tiempo no concebía la respuesta intermedia, que algún día les revelaré a mis apreciados lectores, mi querida chusma, mis estimados cuatro pelagatos). La evaluada caminata nada debe sorprender al penquista, porque sabe que aquí están todas las tiendas de un rubro apelotonadas en la misma cuadra; así es que no hay otra que caminar varias de las mismas llenas exclusivamente de depósitos de leseras para vehículos, otras varias de preuniversitarios, unas pocas más de refaccionamiento de corbatas robadas y ahí recién se llegaría.
La falacia de la supuesta simetría del papel de regalo con la relación de estima obsequioso-cumpleañera de por sí necesitaría un post completo, pero sólo me limitaré a decir que el profeta que en algún lugar soy visualizó el rostro de mi amiga y coterránea cocholgüina de tantos años, y la vio ofendida en su más hondo amor propio… y aunque el lector lo dude, volví a comprar el papel. Y como los hombres no poseemos una idea acabada (ni empezada siquiera) de medidas, dimensiones, precios ni de la cantidad de gente que va en la micro a esa hora, compré dos pliegos no más (no dejé de sorprenderme de cuán barato era; estuve a punto de volver para comprar un tercero, porque nunca se sabe cuándo se va a necesitar). Después de ese día fui ninguneado muchas veces por esta decisión, pero tengo en mi favor dos argumentos: 1) quién sabe cuánto diantres mide un pliego; 2) de todos modos iba a tener que viajar con un armatoste de semejantes dimensiones en la micro, porque no se vende papel de regalo por menos de un pliego.
Fue muy difícil hacer un envase parado en la micro y sin las herramientas necesarias para ello; el envoltorio resultante reflejaba claramente esa dificultad. Y, sin embargo, ante mi mirada emocionada y expectante, al momento de recibir ella el obsequio, vi el papel caer despreciado, como si fuera un simple elemento marginal del regalo… ¡Por Dios!, ¡que poca delicadeza!

P.S.: Recién ayer, realizando el rito anual del aseo, reubiqué por última vez el pliego y medio de papel de regalo que me sobró: lo eché al tarro de la basura.


MyFreeCopyright.com Registered & Protected

domingo 30 de noviembre de 2008

Notas sobre cromonomia femenil

Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo.

Borges, Funes el memorioso


La historia del misterio de las mujeres y su oculta relación con los colores es un relato lleno de episodios sórdidos. Rastrojeando en los anaqueles de librerías de viejos en el centro de Concepción, en una con la que hasta ahora no había topado (cuya utópica condición de poseer miles de títulos sin repetirse ninguno, no vender peluches y no contar entre sus títulos con la novelización de la película Rambo VIIXD me hace reservarme egoístamente el secreto de su ubicación exacta) hallé un empolvado volumen de las extraviadas e incompletas Obras Completas del semantista preestructuralista español Bartolomé Provoste y Gil (1786-1852). En las apolilladas y hediondas páginas de esta reliquia (publicada en 1801 por el mismo Bartolomé Provoste; de ahí su carácter de “incompleta”), cuyo olor creo atribuir a la humedad penquista, se dedica un pequeño apartado al asunto de los colores y sus diferencias de categorización entre hombres y mujeres; en él se da cuenta de la disputa entre preestructuralistas y otro grupo que no creía que llegaría el estructuralismo; los contra-preestructuralistas defendían la tesis de que las mujeres eran fisiológicamente capaces de distinguir más colores y que esta condición se reflejaba en su léxico para referirse a ellos; los preestructuralistas ya se acercaban a la respuesta estructuralista: proponían que en realidad no veían más colores, sino simplemente que eran más catetes (según ellos –bastante adelantados a su época-, las mujeres en realidad no respetaban una especie de pacto tácito al comunicarse: la voluntad de que el otro entienda).

El grupo de los contrapreestructuralistas de Viena editó con fondos propios en 1804 el Diccionario Ilustrado de Colores de Mujeres, mamotreto de 735 páginas que contenía más de 100.000 entradas de nombres de colores con su respectiva imagen de muestra; la reedición de 1812 introdujo algunas notables mejoras que en parte sirvieron para afianzar el prestigio del texto; entre estas mejoras, la más relevante fue su edición a todo color y no en blanco y negro, como la anterior. Como ejemplo de algunas entradas léxicas de este diccionario, presentamos una muestra de algunas de las palabras de la sección dedicada al amarillo:

(Nota: para los contrapreestructuralistas no existe el "amarillo" normal, prototípico; cualquier amarillo merece un apelativo. Precisamente esta decisión lexicográfica les acarreó la respuesta enérgica de los anti-contrapreestructuralistas).

Los pro-preestructuralistas de 1840 ya tuvieron datos suficientes para afirmar que las mujeres que ven efectivamente más colores que los hombres son casos raros que traen genéticamente un fotopigmento más que el resto de los mortales, lo que las hace multiplicar por 100 el número de tonalidades que distinguen con respecto los demás (nuestro más sincero pesar por el hombre que tenga la difícil condición de ser la pareja de esas pocas mujeres 100 veces más catetes con los colores). Con el resto de las mujeres, al menos en esto, somos iguales. Así es que, ellas podrán tener más capacidad que los hombres para ver pelos mal afeitados, pedazos de cilantro en los dientes de las amigas que les caen mal o piel reseca limpiable con saliva en el cachete del hijo, pero no ven más colores que los hombres. De todas maneras, los normales somos capaces de distinguir la nada despreciable cantidad de 1.000.000 de tonos.

Como ya sospechaban los preestructuralistas, la razón de la histórica diferencia a este respecto se halla en un asunto de voluntad y de categorización: la comprobada falta de voluntad de las mujeres para que uno les entienda se traduce en una categorización excesiva de los colores (vemos lo mismo, pero ellas le ponen más inútiles nombres a las sutiles diferencias cromáticas). Es decir, es un asunto estrictamente lingüístico, semántico estructuralista, y no de capacidades visuales.

Por eso es que si queremos avanzar en este tema, se debe proponer un programa de trabajo desde la lingüística: lexicología y semántica. Pero el problema, lejos de verse solucionado, adquiere mayores retos: este estudio pide tener que acceder a la conciencia lingüística de las hablantes y, si hay algo más complejo de estudiar que la inaccesible visión de otra persona, ese algo son los procesos mentales de las mujeres que, por estimaciones propias, poseen índices de correlación entre proceso mental-comportamiento cercanos a 0; es decir, uno nunca puede saber, a partir del comportamiento, qué diablos están pensando las mujeres, lo cual hace virtualmente imposible el trabajo desde una perspectiva conductista. El lector entendido dirá “pero que viejo, cómo todavía en la línea conductista”, pero resulta que el marco teórico lingüístico implícito en el actuar femenino hace imposible realizar este trabajo a partir de semánticas en boga en nuestra época, como la semántica cognitiva. Fervientes partidarias del estructuralismo, ante cualquier tentativa masculina de dar un nombre “errado” a la zona gris existente entre el prototipo de un color y el prototipo de otro, responderán –en un implícito análisis componencial tajante-: “¿dónde le ves el verde a eso?”. Algunos lingüistas se han atrevido a buscar sistema en el comportamiento de las mujeres; sus resultados, aunque prometedores, son todavía incompletos y se recogen en un Esbozo de Diccionario de términos femeniles y sus significados.

Los semantistas estructuralistas se engolosinaron con su respuesta y se limitaron a diagnosticar la obsesiva categorización de colores de las mujeres como “el mal de Funes” (análogo al afán del célebre Ireneo Funes por poner un nombre distinto a cada perspectiva distinta de cada objeto del mundo, por ser incapaz de concebirlos como una sola entidad conceptual, por muy naturalmente semejantes que fueran). Y –según ellos- san se acabó. Sin embargo, para quienes tenemos que lidiar día a día con esta patología terrible, se hace cada vez más necesario que los lingüistas dejen de sacar la vuelta y se dediquen a investigar sobre si hay una sistematicidad en este desconocido fenómeno.

El impacto de una completa cromonomia femenil en la sociedad se prevé mayúsculo: por fin los hombres tendrían la posibilidad de realizar una actividad antes vetada, como es echarse toda la tarde en acompañar a una mujer a comprar ropa (y no comprar nada); por fin se podrían dejar de regalar esas cómodas rosas de última hora para el cumpleaños y, en su lugar, se podría asistir confiado a comprar alguna absurdamente cara prenda de ropa, sin temor de encontrarse con ininterpretables muecas cuando ella vea esa prenda que uno juraba que iba a combinar con sus zapatos; por fin podría uno asentir con algo de convencimiento cuando ella se espantara de la chaqueta que se compró la yegua esa (y que si no hubiera sido por las salvadoras rosas, capaz que se la hubiera regalado para el cumpleaños); y un largo etcétera (porque el corto es así: “etc.”).

El corolario necesario de esta exposición es: ¡ya pues, lingüistas, dejen de andar transcribiendo enunciaditos y pónganse de cabeza a trabajar!



MyFreeCopyright.com Registered & Protected