Donde Ed
domingo 3 de julio de 2011
Polvo de la tierra
viernes 11 de marzo de 2011
La hombría al volante
(Para ver las imágenes en resolución original, hacer click sobre ellas)Muchos afirman equivocadamente que la hombría consiste en detalles como burlarse de los afeminados y golpear a las mujeres para mantenerlas a raya; sin embargo, la tradición, que es la fuente de la que emana en estado puro la verdad, enseña claramente que esto no es suficiente. Un hombre con sus patillas frondosas, sus pasatiempos muy tradicionales y sus cromosomas sexuales bien desigualitos puede reconocerse por la consistencia de su conducta en cualquier circunstancia de la vida.
Reflexionemos, por ejemplo, sobre cómo es evidente la masculinidad en un automovilista. En primer lugar, se observa claramente en el vehículo que conduce: tratándose de autos, y como en casi todos los ámbitos de la vida, nuestro prejuicio debe ser siempre decidido: la hombría es proporcional al tamaño.

Sin embargo, contrario a lo que los detractores de la masculinidad intentan hacer creer, la ideología masculina no es irracional y superflua, sino que también práctica. Es por eso que el conductor varonil también piensa en el potencial de velocidad que puede alcanzar el vehículo.

Es frecuente la interpretación errónea de la presteza al volante del caballero viril, ya que para muchos se trata simplemente una actitud propia de un imbécil obsesionado con la velocidad y apurado a cualquier hora sin motivo aparente. Sin embargo, esta explicación no solo es ridícula, sino que además es parcialmente incorrecta. Las burlas y los estereotipos han desvirtuado el trasfondo ideológico detrás de la práctica de las carreras espontáneas: el conductor viril no celebra carreras con su compañero de ruta por placer, sino porque es su deber cuando un vehículo lo adelanta. Alguna zona de su espíritu, no determinada aún por la psicología moderna –aunque ciertamente ubicada entre el píloro y el güergüero-, no le permite soportar esa afrenta ni desentenderse del reto que implica; muchos llaman a esa zona “valentía”.
Los insultos entre conductores constituyen un complejo código usado para homenajear las destrezas, temeridad y masculinidad del destinatario; el conductor varonil debe responderlos siempre con el mismo esmero, sin reparar en peligros.

Muy distinto es el caso de las señas de presión o instrucciones de otros automovilistas, las cuales no deben ser permitidas jamás. En estos casos, un conductor hombrecito detiene su vehículo en algún lugar prudente y tramita una solución pronta a la desavenencia. Siguiendo la tradición, los demás automovilistas lo recibirán de regreso entre vítores, en un reconocimiento masivo, enérgico e hiperbólico de su virilidad, frecuentemente acompañado de muestras espontáneas de celebración, como bocinazos, flatulencias o disparos al aire.

Empujado por el legítimo afán de ganarle los demás, el conductor varonil no se contenta simplemente con acelerar su vehículo, sino que conoce y utiliza todas las picadas que pueden acortar el viaje aunque sea en el más miserable grado. Esto, además, le otorga el beneficio de ningunear a los que transitan por las vías establecidas.

Finalmente, el conductor viril llega a su casa, con el corazón pletórico de alegría al pensar en el deber cumplido y en los tontos que todavía deben estar en el taco; por fin puede empoderarse de su trono para disfrutar del galardón que alentó su gran travesía: una fugaz sesión de zapping y alguna cerveza.
viernes 19 de noviembre de 2010
Haciendo colación
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domingo 10 de octubre de 2010
Lo humorístico predecible

Es preciso que [todo] cambie a cada momento, porque dejar de transformarse es dejar de vivir. El gesto ha de animarse como [la vida]. Ha de aceptar la ley fundamental de la vida, la de no repetirse nunca. Pero he aquí que un cierto movimiento del brazo o la cabeza se repite periódicamente siempre igual. Si lo observo, si basta para distraerme, si lo aguardo en cierto momento y llega cuando lo espero, tendré que reírme contra mi voluntad. ¿Por qué? Porque estoy en presencia de un mecanismo que funciona automáticamente. No es ya la vida la que tengo delante, es el automatismo instalado en la vida y probando a imitarla. Es lo cómico.

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domingo 6 de septiembre de 2009
Del Cocholgüito Futbol Club a la artesanía en maceteros
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domingo 22 de marzo de 2009
La intención es la que vale

En esa búsqueda puede que nunca se llegue a acceder al objeto primero de ella, pero aunque sea así, siempre es un camino de aprendizaje y descubrimiento. Se aprende, por ejemplo, lo poco que es una luca; se descubre la necesidad de mercado –que uno nunca quiso creer que existía- de esas tiendas que no hay en Conce y que dicen en un letrerito: “Bazar, paquetería, regalos”; se da uno cuenta de cómo no conoce nada del sentido estético de una coterránea amiga de tantos años; y – ¡oh, mis lectores dudarán de mi sano juicio!- hasta se llega a vislumbrar en algún momento la sensación propia femenina de que el tiempo pasa más rápido cuando se está vitrineando; y en ese instante filosofal, encandilado por la cercanía del umbral de la comprensión de lo incomprensible y de la hora en que había que llegar a la junta, compra uno cualquier cosa (con algún secreto temor de la otredad, propio del heterosexual fundamentalista).
En Navidad todas las tiendas (hasta las picadas menos canónicas) envuelven todo lo que uno compre, aunque no sea regalo (el lector creerá que exagero, pero una de las peores rabias fue la que pasé cuando me costó un mundo abrir el papel de regalo sellado con cinta en que venía el confor que compré “por apuro” un 22 de diciembre); pero en marzo – ¡por qué hay cumpleaños en marzo!- nadie está dispuesto a estresarse por eso. No pude evitar recordar esa pila de papeles de regalo que quedaron de Navidad y que había botado la semana pasada, después de que anduvieron meses haciendo bulto por los rincones más inesperados de la casa. Lo recuerdo bien: “para qué me van servir estos papeles”, dije, y emulé un comentario tan tradicional de mi padre: “nunca se van a ocupar; es pura basura” (y él guarda los tarros de pintura vacíos, según posteriormente rememoré).
P.S.: Recién ayer, realizando el rito anual del aseo, reubiqué por última vez el pliego y medio de papel de regalo que me sobró: lo eché al tarro de la basura.
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domingo 30 de noviembre de 2008
Notas sobre cromonomia femenil
Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo.
Borges, Funes el memorioso
La historia del misterio de las mujeres y su oculta relación con los colores es un relato lleno de episodios sórdidos. Rastrojeando en los anaqueles de librerías de viejos en el centro de Concepción, en una con la que hasta ahora no había topado (cuya utópica condición de poseer miles de títulos sin repetirse ninguno, no vender peluches y no contar entre sus títulos con la novelización de la película Rambo VIIXD me hace reservarme egoístamente el secreto de su ubicación exacta) hallé un empolvado volumen de las extraviadas e incompletas Obras Completas del semantista preestructuralista español Bartolomé Provoste y Gil (1786-1852). En las apolilladas y hediondas páginas de esta reliquia (publicada en 1801 por el mismo Bartolomé Provoste; de ahí su carácter de “incompleta”), cuyo olor creo atribuir a la humedad penquista, se dedica un pequeño apartado al asunto de los colores y sus diferencias de categorización entre hombres y mujeres; en él se da cuenta de la disputa entre preestructuralistas y otro grupo que no creía que llegaría el estructuralismo; los contra-preestructuralistas defendían la tesis de que las mujeres eran fisiológicamente capaces de distinguir más colores y que esta condición se reflejaba en su léxico para referirse a ellos; los preestructuralistas ya se acercaban a la respuesta estructuralista: proponían que en realidad no veían más colores, sino simplemente que eran más catetes (según ellos –bastante adelantados a su época-, las mujeres en realidad no respetaban una especie de pacto tácito al comunicarse: la voluntad de que el otro entienda).
El grupo de los contrapreestructuralistas de Viena editó con fondos propios en 1804 el Diccionario Ilustrado de Colores de Mujeres, mamotreto de 735 páginas que contenía más de 100.000 entradas de nombres de colores con su respectiva imagen de muestra; la reedición de 1812 introdujo algunas notables mejoras que en parte sirvieron para afianzar el prestigio del texto; entre estas mejoras, la más relevante fue su edición a todo color y no en blanco y negro, como la anterior. Como ejemplo de algunas entradas léxicas de este diccionario, presentamos una muestra de algunas de las palabras de la sección dedicada al amarillo:
(Nota: para los contrapreestructuralistas no existe el "amarillo" normal, prototípico; cualquier amarillo merece un apelativo. Precisamente esta decisión lexicográfica les acarreó la respuesta enérgica de los anti-contrapreestructuralistas).
Los pro-preestructuralistas de 1840 ya tuvieron datos suficientes para afirmar que las mujeres que ven efectivamente más colores que los hombres son casos raros que traen genéticamente un fotopigmento más que el resto de los mortales, lo que las hace multiplicar por 100 el número de tonalidades que distinguen con respecto los demás (nuestro más sincero pesar por el hombre que tenga la difícil condición de ser la pareja de esas pocas mujeres 100 veces más catetes con los colores). Con el resto de las mujeres, al menos en esto, somos iguales. Así es que, ellas podrán tener más capacidad que los hombres para ver pelos mal afeitados, pedazos de cilantro en los dientes de las amigas que les caen mal o piel reseca limpiable con saliva en el cachete del hijo, pero no ven más colores que los hombres. De todas maneras, los normales somos capaces de distinguir la nada despreciable cantidad de 1.000.000 de tonos.
Como ya sospechaban los preestructuralistas, la razón de la histórica diferencia a este respecto se halla en un asunto de voluntad y de categorización: la comprobada falta de voluntad de las mujeres para que uno les entienda se traduce en una categorización excesiva de los colores (vemos lo mismo, pero ellas le ponen más inútiles nombres a las sutiles diferencias cromáticas). Es decir, es un asunto estrictamente lingüístico, semántico estructuralista, y no de capacidades visuales.
Por eso es que si queremos avanzar en este tema, se debe proponer un programa de trabajo desde la lingüística: lexicología y semántica. Pero el problema, lejos de verse solucionado, adquiere mayores retos: este estudio pide tener que acceder a la conciencia lingüística de las hablantes y, si hay algo más complejo de estudiar que la inaccesible visión de otra persona, ese algo son los procesos mentales de las mujeres que, por estimaciones propias, poseen índices de correlación entre proceso mental-comportamiento cercanos a 0; es decir, uno nunca puede saber, a partir del comportamiento, qué diablos están pensando las mujeres, lo cual hace virtualmente imposible el trabajo desde una perspectiva conductista. El lector entendido dirá “pero que viejo, cómo todavía en la línea conductista”, pero resulta que el marco teórico lingüístico implícito en el actuar femenino hace imposible realizar este trabajo a partir de semánticas en boga en nuestra época, como la semántica cognitiva. Fervientes partidarias del estructuralismo, ante cualquier tentativa masculina de dar un nombre “errado” a la zona gris existente entre el prototipo de un color y el prototipo de otro, responderán –en un implícito análisis componencial tajante-: “¿dónde le ves el verde a eso?”. Algunos lingüistas se han atrevido a buscar sistema en el comportamiento de las mujeres; sus resultados, aunque prometedores, son todavía incompletos y se recogen en un Esbozo de Diccionario de términos femeniles y sus significados.
Los semantistas estructuralistas se engolosinaron con su respuesta y se limitaron a diagnosticar la obsesiva categorización de colores de las mujeres como “el mal de Funes” (análogo al afán del célebre Ireneo Funes por poner un nombre distinto a cada perspectiva distinta de cada objeto del mundo, por ser incapaz de concebirlos como una sola entidad conceptual, por muy naturalmente semejantes que fueran). Y –según ellos- san se acabó. Sin embargo, para quienes tenemos que lidiar día a día con esta patología terrible, se hace cada vez más necesario que los lingüistas dejen de sacar la vuelta y se dediquen a investigar sobre si hay una sistematicidad en este desconocido fenómeno.
El impacto de una completa cromonomia femenil en la sociedad se prevé mayúsculo: por fin los hombres tendrían la posibilidad de realizar una actividad antes vetada, como es echarse toda la tarde en acompañar a una mujer a comprar ropa (y no comprar nada); por fin se podrían dejar de regalar esas cómodas rosas de última hora para el cumpleaños y, en su lugar, se podría asistir confiado a comprar alguna absurdamente cara prenda de ropa, sin temor de encontrarse con ininterpretables muecas cuando ella vea esa prenda que uno juraba que iba a combinar con sus zapatos; por fin podría uno asentir con algo de convencimiento cuando ella se espantara de la chaqueta que se compró la yegua esa (y que si no hubiera sido por las salvadoras rosas, capaz que se la hubiera regalado para el cumpleaños); y un largo etcétera (porque el corto es así: “etc.”).
El corolario necesario de esta exposición es: ¡ya pues, lingüistas, dejen de andar transcribiendo enunciaditos y pónganse de cabeza a trabajar!
