viernes 11 de marzo de 2011

La hombría al volante

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Muchos afirman equivocadamente que la hombría consiste en detalles como burlarse de los afeminados y golpear a las mujeres para mantenerlas a raya; sin embargo, la tradición, que es la fuente de la que emana en estado puro la verdad, enseña claramente que esto no es suficiente. Un hombre con sus patillas frondosas, sus pasatiempos muy tradicionales y sus cromosomas sexuales bien desigualitos puede reconocerse por la consistencia de su conducta en cualquier circunstancia de la vida.

Reflexionemos, por ejemplo, sobre cómo es evidente la masculinidad en un automovilista. En primer lugar, se observa claramente en el vehículo que conduce: tratándose de autos, y como en casi todos los ámbitos de la vida, nuestro prejuicio debe ser siempre decidido: la hombría es proporcional al tamaño.


Sin embargo, contrario a lo que los detractores de la masculinidad intentan hacer creer, la ideología masculina no es irracional y superflua, sino que también práctica. Es por eso que el conductor varonil también piensa en el potencial de velocidad que puede alcanzar el vehículo.


Es frecuente la interpretación errónea de la presteza al volante del caballero viril, ya que para muchos se trata simplemente una actitud propia de un imbécil obsesionado con la velocidad y apurado a cualquier hora sin motivo aparente. Sin embargo, esta explicación no solo es ridícula, sino que además es parcialmente incorrecta. Las burlas y los estereotipos han desvirtuado el trasfondo ideológico detrás de la práctica de las carreras espontáneas: el conductor viril no celebra carreras con su compañero de ruta por placer, sino porque es su deber cuando un vehículo lo adelanta. Alguna zona de su espíritu, no determinada aún por la psicología moderna –aunque ciertamente ubicada entre el píloro y el güergüero-, no le permite soportar esa afrenta ni desentenderse del reto que implica; muchos llaman a esa zona “valentía”.


Los insultos entre conductores constituyen un complejo código usado para homenajear las destrezas, temeridad y masculinidad del destinatario; el conductor varonil debe responderlos siempre con el mismo esmero, sin reparar en peligros.


Muy distinto es el caso de las señas de presión o instrucciones de otros automovilistas, las cuales no deben ser permitidas jamás. En estos casos, un conductor hombrecito detiene su vehículo en algún lugar prudente y tramita una solución pronta a la desavenencia. Siguiendo la tradición, los demás automovilistas lo recibirán de regreso entre vítores, en un reconocimiento masivo, enérgico e hiperbólico de su virilidad, frecuentemente acompañado de muestras espontáneas de celebración, como bocinazos, flatulencias o disparos al aire.


Empujado por el legítimo afán de ganarle los demás, el conductor varonil no se contenta simplemente con acelerar su vehículo, sino que conoce y utiliza todas las picadas que pueden acortar el viaje aunque sea en el más miserable grado. Esto, además, le otorga el beneficio de ningunear a los que transitan por las vías establecidas.


Finalmente, el conductor viril llega a su casa, con el corazón pletórico de alegría al pensar en el deber cumplido y en los tontos que todavía deben estar en el taco; por fin puede empoderarse de su trono para disfrutar del galardón que alentó su gran travesía: una fugaz sesión de zapping y alguna cerveza.